John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

jueves, 18 de mayo de 2017

VIAJEROS Y TURISTAS


Ya está aquí el buen tiempo y con él la savia nueva que -metafóricamente- empuja a ampliar horizontes y a intentar nuevas empresas. Si el invierno invita a recluirse en el hogar, la primavera hace pensar en futuros viajes. Es época de Wanderlust -una palabra alemana que también ha sido adoptada por los ingleses (quien desconozca su significado, encontrará la explicación detallada en otro lugar de este blog)-, de exploración y aventura. Claro que se puede viajar de muchas maneras: con una mochila al hombro y un rumbo incierto; con un itinerario cuidadosamente planificado y un equipaje calculado al milímetro; en absoluta soledad, en pareja o con toda la familia; con un grupo de personas desconocidas, en un viaje organizado; quemando etapas e intentando abarcar todos los museos, atracciones y curiosidades locales posibles, prisioneros de una rigurosa agenda, o dejándose llevar por lo que sale al paso. Sea cual sea la modalidad elegida, casi en todos los viajes hay un momento en que el viajero se pregunta por qué se le ocurriría dejar su confortable hogar para lanzarse por los caminos. Unos días de frío y lluvias torrenciales, la antipatía de algún personaje local, una habitación de hotel poblada de insectos, la desagradable constatación de los estragos que unos manjares desconocidos pueden causar en su sistema digestivo: cualquiera de estas experiencias se presta a que el viajero se plantee si no estaría mejor sentado en su sillón favorito y rodeado de objetos familiares. ¿Para qué viajar, pues, sin necesidad de hacerlo? Al menos, las peregrinaciones medievales tenían un sentido: todo lo que uno sufría durante el viaje -que era mucho- era parte del camino hacia la redención que comportaba el llegar a la tumba santa o el santo lugar elegido como destino. A principios del siglo XX, Stefan Zweig, que era un viajero incansable, hasta el punto de que sus amigos le apodaron “el holandés errante”, definió así su amor por los viajes: 
“Al viajar, deseamos dejar atrás el área que es nuestra, ese mundo doméstico tan bien regulado día a día; nos sentimos impulsados por el deseo de sentirnos desarraigados y así, dejar de ser nosotros mismos. Queremos interrumpir una vida en la que meramente existimos, para vivir más.”

Stefan Zweig

Para él, la forma en que viajamos debería reflejar nuestros gustos más íntimos, dejar sitio para un aroma a peligro y aventura, a improvisación.
"Sólo viajando a la manera de los antiguos, que implica sacrificarse a las reglas del azar, uno tiene la oportunidad de descubrir no sólo el mundo exterior, sino aquel que reside en nuestro interior.”
Sin embargo, ante los avances del turismo de masas (y era sólo el principio, ¡si lo viese ahora!), el propio Zweig acabó por dictaminar que: "Uno ya no viaja, a uno le viajan."

¿Nos hemos vuelto locos con este afán por trasladarnos de un lugar a otro? ¿Aporta algo que te transporten como ganado en un avión abarrotado para llegar a una playa llena de turistas como tú? Tal vez resulte más productivo quedarse en casa con un buen libro. Si es un libro de viajes, mejor aún. La última contribución a este género -una lúcida combinación de reflexión sobre los excesos del turismo y revisión del mito del buen salvaje- es El turista desnudo, de Lawrence Osborne. ¿Es posible hoy viajar en el sentido que reclamaba Zweig? El problema, como apunta certeramente Osborne, es que "el mundo entero se ha convertido en una instalación turística". A pesar de ello, hay que reconocer que Osborne logra vivir unas cuantas aventuras como mínimo insólitas. Eso sí, algunas de ellas muy, muy incómodas. Mientras tanto el lector, viajero sin moverse de su butaca, se ríe con ganas de sus desdichas.




A lo mejor hay que tomárselo de otra manera. El sabio Lin Yutang opina al respecto en La importancia de vivir:
"La esencia del viaje es no tener obligaciones, ni horario fijo, ni correo, ni vecinos curiosos, ninguna delegación que te reciba y carecer de destino. El buen viajero es el que no sabe a dónde va, y el viajero perfecto es aquel que no sabe de dónde viene."
Y es que para escapar de las ataduras y la rutina, lo importante no es la distancia ni el destino, lo importante es la mirada del viajero. A mí no me busquen en Cancún.


5 comentarios:

  1. Ni a mí. Cada vez tengo más presente que el viaje conlleva una actitud de curiosidad y apertura a lo distinto. Como dices, lo importante no son equipajes ni lugares. Lo importante es la mirada.

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    1. Efectivamente, Jane. Según como te lo tomes, a veces un "viaje" por tu propia ciudad puede ser más productivo que un circuito turístico. Sólo hay que aprender a mirar.

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  2. De acuerdo con vosotras. De hecho, a veces se me quitan las ganas de ir a ciertos lugares, por muy maravillosos que sean, por la saturación de visitantes que me voy a encontrar. El mogollón no te deja disfrutar, ni admirar ni sorprenderte. La frase de Osborne no podía ser más acertada.

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    1. El libro de Osborne te hace reír, pero también pensar. Muy recomendable.

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  3. Totalmente de acuerdo. Más vale viajar viajando que "turisteando". Por suerte, tenemos los libros para viajar incluso desde el sofá de casa.

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