John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 26 de junio de 2013

ZAPPING LIBRESCO

 
Séneca, en sus Cartas a Lucilio, desaconsejaba leer muchos libros. A los que disfrutaban yendo de uno a otro les decía: "Es propio de un estómago inapetente probar muchas cosas, las cuales, siendo opuestas y diversas, lejos de alimentar, corrompen".  Recomendaba la lectura concentrada de unas pocas buenas obras, frente a la disipación de los que, empujados por la abundancia de lectura a su alcance, parecen no tener nunca freno en su furia lectora. ¡Ya entonces, tantos siglos antes de la imprenta, había quien consideraba que la oferta libresca era excesiva! Vaya por delante que, por más que sienta un profundo respeto por el filósofo cordobés, yo formo parte del nutrido batallón de esos lectores disipados a quienes él reconvenía. Los libros nunca me parecen demasiados. Por eso mismo, me sentí irremediablemente atraída -¡ah!, eso es lo que tiene de malo husmear en bibliotecas, que uno encuentra tesoros casi sin querer- por un libro de ensayos que se titula así, Los demasiados libros, del mexicano Gabriel Zaid, "un ingeniero echado a perder por los libros" (¿se puede pedir mejor carta de presentación?). Un texto muy ameno e inteligente,  del que se podrían extraer numerosas frases llenas de enjundia y por supuesto muy librescas, como "La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan" o "Publicar un libro es ponerlo en medio de una conversación. El aburrimiento es la negación de la cultura. La cultura es conversación, animación, inspiración". En resumen, una serie de textos que invitan a la reflexión, de modo que quizá a Séneca no le pareciese tan mal que les dedicásemos nuestro tiempo.
 
Grabado de Séneca, según Rubens
 
Entre todos ellos, quiero traer a colación el titulado "Superación tecnológica del libro", un ensayo que -como ustedes podrán suponer- no hace más que apuntar las razones por las que el libro tal como lo conocemos tiene difícil sustitución. De ellas, la más evidente, y una que yo experimento casi a diario en mis lecturas digitales, es la gran facilidad para hojear un libro, frente a lo incómodo que es el ejercicio equivalente en un libro digital. Es cierto que permite búsquedas concretas, ir a la página tal o encontrar el término cual. Pero es no es hojear. Lo que hacemos al hojear un libro es echar un vistazo rápido y aleatorio a sus páginas. Y es muy posible que, al compás de ese recorrido, nos quedemos enganchados aquí o allí. Que esos párrafos espigados de uno y otro lugar nos seduzcan lo suficiente para convencernos de que debemos leerlo entero. Las librerías virtuales intentan capturar nuestra atención con algo que se quiere parecido, esos pedazos de texto que nos invitan a "hojear". A menudo, sin embargo, resultan ser páginas sin ningún interés, que nos coartan más que estimularnos a la compra (uno siempre quisiera ver precisamente la página siguiente a la que se nos muestra, algo perfectamente posible cuando se hojea un libro físico). Esa facilidad para "navegar" adelante y atrás por el libro físico no la tiene el digital. Yo nunca recuerdo si esa escena que me interesó ocurría en la página 23 (que es lo que debería decirle al libro electrónico si quiero que me lleve a ella). No obstante, con el libro físico en la mano, resulta sencillo encontrarla. Como señala Zaid, hacer zapping libresco es mucho más fácil y más provechoso que en la televisión. Yo iría más lejos: por muchos miles de libros que tengamos a un clic de distancia en una biblioteca virtual, nada supera a la experiencia de situarse físicamente frente a un anaquel lleno de libros, de los que se puede ir cogiendo y hojeando los que nos llamen la atención. El mismo proceso que me llevó a descubrir el libro de Zaid, y que seguro que me sigue deparando otras muchas alegrías.

martes, 18 de junio de 2013

CALLEJERO LITERARIO

Aviso: la placa no corresponde a una calle de Barcelona,
sino de Valencia
 
Los lectores somos una extraña especie que por regla general suele preferir encerrarse en casa con un libro que andar callejeando. Pero a veces nos aventuramos a dar un paseo por su ciudad. Incluso, los hay que lo consideran un interludio terapéutico que les permite digerir mejor su reciente lectura o despajarse la mente antes de comenzar la siguiente. Lo que los lectores no solemos encontrar en nuestro deambular son calles literarias. No me digan que no resulta infinitamente más agradable recorrer, pongamos por caso, la calle García Lorca que la calle General Zutanito o Prócer Tal y Cual. Sin embargo, las autoridades competentes en esto de darles nombre a las vías públicas no parecen ser de la misma opinión. Espoleada por una cita de Andrea Camilleri en que el comisario Montalbano se queja precisamente de la escasez de calles que recuerden a músicos, pintores o escritores, he decidido emprender un breve barrido odonímico de mi ciudad, en busca de esas calles literarias, ¡ay!, tan esquivas.
Veamos: Cervantes, al menos, tiene una calle en el casco antiguo de Barcelona. Es corta, pero goza de cierta amplitud (en comparación con la mayoría de calles de la zona) y un aire vagamente señorial, aunque decadente. Creo, sin embargo, que el ilustre manco de Lepanto es el único de nuestros autores clásicos que ha encontrado un acomodo céntrico en la ciudad. Si buscamos a otros autores de su época y estatura, como Góngora o Lope de Vega, nos hemos de ir a la Guineueta y al distrito de Sant Martí respectivamente (para los que no sean de Barcelona, unos barrios más bien sencillos) . Quevedo cae algo más cerca, en la popular Gràcia, pero me temo que esa callejuela sin encanto ninguno no le gustaría mucho a nuestro literato. A la vista de que un autor mucho menos relevante y, sobre todo, francés, Jean Genet, se ha visto agraciado con una placita (de acuerdo, muy pequeña y en pleno Raval, pero menos es nada) he llegado a la conclusión de que lo que premia nuestro consistorio es el hecho de haber escrito sobre Barcelona, o haber mencionado la ciudad en una novela. Si ese es el criterio, me pregunto dónde andará entonces la calle Claude Simon, el Premio Nobel francés que participó en la Guerra Civil española y que retrató el ambiente bélico de la ciudad en su novela Le Palace. Posiblemente a los gestores de la cosa pública ni siquiera les suena. Mejor suerte ha corrido George Orwell, quien sin duda en agradecimiento por su Homenaje a Cataluña se ha hecho merecedor de una plaza en plena Ciutat Vella.
 
Plaza George Orwell.
No muy afortunada, la escultura (Foto mathew-johnston)
 
Lo que más duele, sin embargo, es la consideración que les merecen a nuestros ediles tres grandes de las letras castellanas como son Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García Lorca. ¿Tal vez les habrán dedicado un amplia avenida, un parque, una plaza... ? Nada de eso.  Se ha de ir uno a un barrio muy alejado del centro -de esos surgidos al calor de las oleadas de inmigrantes de los sesenta-, construido deprisa y mal, para encontrarse con unas calles canijas, ya casi donde la ciudad cede paso a la montaña, en Roquetes. Allí arrinconados, apartados como quien dice del mundanal ruido, están tres de nuestros más insignes escritores del siglo XX. No muy lejos de la plaza Karl Marx, por cierto.  Dan ganas de hacer una excursión hasta allá como desagravio, para demostrarles que los ciudadanos de a pie no compartimos el escaso aprecio que demuestra por ellos la municipalidad.
 
En la señorial Torre Castanyer se alojó Machado durante
los últimos meses de la guerra.
No hay ni una placa que lo recuerde.
 
Muy curioso esto de las calles literarias. Investigando en torno al tema, he dado con el blog del escritor Jordi Corominas, a quien en su programa de Rne4 "Laberint" le dio por perseguir las calles con nombres de personajes literarios. Y encontró bastantes, oigan. Eso sí, la mayoría fuera de Barcelona. Se preguntaba entonces por qué en nuestra ciudad, que tantos personajes ha inspirado, no hay al menos una calle del Guinardó dedicada al Pijoaparte. Tiene más razón que un santo.

viernes, 14 de junio de 2013

PALIMPSESTOS


A una, que siente un aprecio tal vez desmedido por el libro como objeto, siempre le duele un poco ver cómo algún viejo tomo es empleado para otros usos distintos de la lectura. En alguna otra entrada he expresado mi incomodidad ante ellos (no siempre con razón, como me advirtió algún amable corresponsal). Ciertamente, el palimpsesto tiene una larga tradición tras de si. Ya los escribas medievales demostraban apreciar más el soporte (pergamino, un material valioso ayer tanto como hoy) que el contenido. Al fin y al cabo, pensaban, la cristiandad salía beneficiada si borraban aquellas obras paganas para convertirlas en libros de oraciones o vidas de santos. Hay que reconocer también que utilizar los libros actuales, que abundan mucho más que los manuscritos antiguos y cuyo coste es infinitamente menor, debe representar un pecado muy venial dentro de la escala de atentados bibliófilos. Vamos a suponer, pues, que artistas como Ekaterina Panikanova, que emplean los libros como soporte de sus obras pictóricas (casi a modo de lienzo, se diría) tienen buen cuidado de no elegir para ellos ejemplares de alto valor.


 

   
 
Como verán, el resultado es francamente atractivo. No sé si gracias al soporte o a lo que hay pintado sobre él, pero la conjunción de ambos trasmite una sensación de misterio, casi de inquietud.
Será verdad que utilizar como base el papel impreso, mejor dicho, no sólo impreso sino lleno de significados, le confiere a la pintura un sentido del que carecería si se hubiese utilizado un papel en blanco o una tela. Vean sino las obras de otra pintora aficionada al palimpsesto, Louise Laplante.
 


Drink Milk


Epilogue
 
Champignons comestible IV

En su caso, cada dibujo se efectúa en dos fases: primero selecciona el papel y hace con él un collage; luego crea un motivo para colocarlo sobre él. La selección de la imagen le viene sugerida por las palabras de los textos sobre los que ha de situarse, logrando así un conjunto armónico, en el que prima la imagen, pero ésta mantiene un sutil vínculo con el texto.
Podemos verlo como una manera distinta y creativa de darles nueva vida a volúmenes viejos o estropeados, cuyo destino de otro modo hubiese sido la trituradora. Siendo así, resulta menos difícil reconciliarse con el palimpsesto. 
 

domingo, 9 de junio de 2013

LOMOPOESÍA

 
La creatividad está en encontrar la relación entre objetos que aparentemente no la tienen. Una conexión en la que tú quizás nunca habías pensado, aunque cuando alguien te la señala, ya no puedes evitar que te salte a la vista, mires donde mires. Cada cual tiene su propio orden para los libros que guarda en su biblioteca. A veces alfabético, otras temático, otras del todo ecléctico, pero el resultado es que desde las estanterías nos miran metros y metros de lomos que explican cada uno una historia. Y que, según cómo se miren, también pueden conformar por sí solos una historia. De esta constatación nace la bonita idea de Nina Katchadourian, "Sorted Books" o "Book Spine Poetry" (que yo, a mi aire, me permito traducir como "Lomopoesía"). Según explica, todo arranca de un proyecto de final de carrera que hizo cuando estudiaba Arte en la Universidad de San Diego, un proyecto que consistía en buscar el arte en lugares insólitos. En su caso, la inspiración le vino de la biblioteca de los padres de una amiga. Mientras estaba allí "recordé de repente un momento en la biblioteca de la universidad en que, mientras buscaba un libro y recorría los anaqueles, pensé qué increíble sería si todos los libros formasen accidentalmente una frase".  De modo que decidió convertir ese hecho imaginario en realidad. Durante los siguientes días, se dedicó a recolocar los libros de manera que sus lomos, leídos uno a continuación del otro, formasen frases con sentido. Según cuenta, fue un ejercicio íntimo, una especie de retrato. Un ejercicio que luego ha continuado y ampliado, creando  agrupaciones de libros que son a menudo ingeniosas y en ocasiones hasta poéticas. La "lomopoesía" es una actividad que cobra todo su sentido cuando se ejerce en entornos limitados: se trata de dedicar toda la atención a un número concreto de libros, coleccionados por una persona o institución y sacar de ellos otros significados. Hoy en día, el proyecto de Katchadourian se ha ampliado enormemente; en su web se pueden ver numerosas muestras de esta original modalidad artística, de las que ofrezco aquí sólo unos pocos ejemplos.
 
What is Art?/ Close Observation (¿Qué es el arte?/ Observación atenta)


Primitive Art/Just Imagine/Picasso/Raised by Wolves
(Arte primitivo/Sólo imagina/Picasso/Educado por lobos)
Esta composición me parece simplemente brillante.
 
 A Day at the Beach, una composición
que encierra toda una historia.
"Sorted Books" es un proyecto que abre la puerta a una manera diferente de considerar esas hileras de libros, que de repente parecen cobrar otros significados. No sé si les sucederá como a mí, pero yo ahora miro mis estanterías con otros ojos. Hasta el punto de que no he sabido resistirme a emular a la artista y -con bastante menos fortuna, todo hay que decirlo- emparejar con algo de sentido los lomos que rodean mi mesa de trabajo (restricción principal -ya saben que la restricción es la madre del arte, y de la poesía- no valía recurrir a otras habitaciones de la casa). El resultado: sin duda no poético, ni siquiera artístico, pero yo confieso que he pasado un rato divertido.
 
 

martes, 4 de junio de 2013

DESFASES TEMPORALES

Cuando leí La Femme de trente ans -decididamente, no una de las mejores novelas de Balzac, es justo advertirlo- uno de los aspectos que más me chocó fue el que el autor consideraba que su protagonista, a esa edad, ya era una mujer con un amplio bagaje de experiencias vitales, desengañada del amor y casi de todo lo demás. Generalizando sin rubor, el escritor francés emite su opinión sobre las mujeres en la treintena: Les femmes connaissent alors tout le prix de l’amour et en jouissent avec la crainte de le perdre : alors leur âme est encore belle de la jeunesse qui les abandonne, et leur passion va se renforçant toujours d’un avenir qui les effraie. (La mujeres conocen a esa edad todo el precio del amor, y gozan de él con el temor de perderlo: en esos momentos su alma aún está embellecida por la juventud que las abandona, y su pasión se ve fortalecida por un futuro que las espanta.) Visto desde la perspectiva actual, es inevitable tener la impresión de que está exagerando. Pero es que hoy en día a los treinta años muchos jóvenes no han arrancado siquiera a volar por sí mismos, cómodamente instalados en casa de sus padres. ¿Acaso sufren porque la juventud que les abandona? Nada de eso: parece que hoy ser joven es un estado que se prolonga casi más allá de las primeras canas, para dar paso a una edad adulta que debe llegar hasta el andador antes de que se le pueda llamar vejez.
No hace tanto, los mejores años, los más llenos de novedades y empresas vitales, eran los de la adolescencia. Y la niñez acababa pronto, muy pronto: a los  doce o trece años, uno ya estaba listo para lidiar con el mundo. La literatura, por supuesto, refleja este estado de cosas.  Sólo que a menudo leemos las novelas de antaño con ojos de hoy, y casi no podemos creer que sus protagonistas sean tan jóvenes. Uno de los casos más flagrantes, por supuesto, es LA historia de amor por excelencia: la Julieta de Shakespeare tiene sólo trece años, mientras que Romeo es algo mayor, aunque no mucho. (El drama no llega a especificarlo, pero se supone que rondará los 18 o 19.) ¡En un contexto actual, los problemas de Romeo vendrían por el lado de la perversión de menores, más que por el de la rivalidad familiar! Pero esa especie de desfase temporal no lo advertimos sólo en protagonistas muy jóvenes. También los adultos parecen envejecer a velocidad vertiginosa. Como Sherlock Holmes. Cuando la BBC presentó su modernización de las historias escritas por Conan Doyle, la estupenda serie Sherlock, protagonizada en la pequeña pantalla por Benedict Cumberbatch (¡que gran actor!), hay quien argumentó que era demasiado joven para el papel: señores, el Holmes original tenía 27 años en "Estudio en escarlata". Ciertamente, va envejeciendo a lo largo de sus aventuras -que no son pocas- y para cuando se acaban, en 1914, el autor nos dice que cuenta ya con 60 años. Pero Cumberbatch tenía 34 años durante la primera temporada de la serie. Si nos ponemos puristas, era demasiado mayor para el papel.
 
 
De este desfase temporal no se escapan tampoco los héroes del cómic. ¿Cuántos años le ponen a nuestro admirado Tintin? (y eso que el personaje fue creado en 1929, no hace tanto, pues). Según Hergé "unos 14 o 15, quizás 17". ¡Y el intrépido reportero viaja por todo el mundo e incluso pilota aviones, sin ningún problema!
Por último un ejemplo dickensiano, que no podía faltar; en Grandes esperanzas, Pip describe a Miss Havisham como "un esqueleto", y todas las representaciones gráficas que hay de ella la pintan como una anciana provecta. Pero si hacemos un rápido cálculo, la acción de la novela transcurre sólo 25 años después de que haya sido abandonada en el altar por el que debía ser su esposo. Teniendo en cuenta que en aquella época se casaban jóvenes, esto la sitúa más bien entre los cuarenta y pocos y los cincuenta años. O sea, no tan, tan vieja...
 
Margaret Leighton como Miss Havisham, en la versión de la BBC
de 1974