John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

jueves, 1 de diciembre de 2016

REGALAR UN LIBRO



Vaya por delante que la avalancha de anuncios que, anticipándose en muchas semanas a las fiestas navideñas, nos invitan machaconamente a comprar, regalar y ante todo consumir, cuanto más mejor, consiguen producirme tal hastío que si por mí fuera, no pisaría un establecimiento comercial en lo que resta de año. El regalo, la dádiva, el gesto desinteresado que es muestra de aprecio, de amor, de amistad no parecen tener nada en común con la fiebre consumista que nos rodea por estas fechas. Para tener valor (recuerden que valor y precio son conceptos distintos), el regalo no ha de buscar contrapartida, ni constituir una obligación. Se regala pensando en darle placer a la persona obsequiada, en proporcionarle, al menos, un rato de felicidad. En este sentido, un libro es el regalo perfecto. Parafraseando lo que decía Julio Cortázar en su  "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj", cuando regalas un libro no regalas un objeto de cartón y papel impreso, sino las horas dichosas que esa lectura brindará a su receptor. No regalas el prestigio de la marca (renombre del autor, premios que le han otorgado), ni el mayor o menor lujo de la encuadernación, regalas algo mucho más valioso: una máquina de generar sentimientos y reflexiones. Por eso, es un error regalar libros que uno no ha leído, porque es degradar al libro a mercancía: has elegido un libro como podrías haber elegido una baratija cualquiera. (Tal como van las cosas, los libros no son especialmente caros; si alguien quiere parecer rumboso, mejor hará comprando un perfume.)


(Vanessa Bell, Amaryllis and Henrietta, 1952)

Regalar un libro es invitar al otro a compartir las emociones que su lectura ha provocado en ti. Es crear un vínculo, una complicidad que con suerte perdurará a través de los años. Nunca olvidas a la persona que te ha regalado un libro que ha sido importante en tu vida. Suelo regalar sólo libros que me han gustado especialmente, que pienso que otros deben también disfrutar y, a menudo, me produce envidia pensar que quien los recibe tiene aun por delante la revelación de la primera lectura. Sobre la importancia de regalar libros habla Robert Macfarlane -viejo conocido de estas páginas, y él mismo un autor que es muy recomendable regalar- en un bello ensayo publicado en la web Lithub y titulado "The Gifts of Reading are Many" (Los regalos de la lectura son numerosos). En él habla de la conmoción que supuso para él recibir el regalo de un libro cuyo título -como en un bucle- es El tiempo de los regalos, el primer volumen de la trilogía de Patrick Leigh Fermor en la que cuenta su portentoso viaje a pie a través de Europa. Si no lo conocen aun, recomiendo vivamente que pidan a alguien que se lo regale, o regálenselo ustedes mismos.* Se harán un inmenso favor. Como dice Macfarlane:

Las consecuencias de un regalo son inciertas en el momento de hacerlo, pero el solo hecho de que haya sido dado libremente lo reviste de un gran potencial, que actuará positivamente sobre el receptor. A causa de la gratitud que experimentamos, y dado que por definición el regalo es una dádiva que se entrega sin obligación alguna, nos inclinamos a aceptarlo con espíritu abierto y con entusiasmo. [...]
 No todos los libros recibidos como regalo son transformadores, desde luego. A veces lo único que el libro le causa al lector es un corte en el dedo. Pero como consecuencia de haber recibido tantos libros extraordinarios a lo largo de los años, ahora yo por mi parte suelo regalar tantos como puedo. Cumpleaños, Navidades... doy libros y casi sólo libros como regalo. Una o dos veces al año, invito a mis alumnos en Cambridge a mi estudio y les dejo escoger dos o tres libros a cada uno de entre los 50 o 60 que he diseminado por el suelo. El placer que les produce escogerlos y su incredulidad ante la idea de que sean gratis me recuerda cuán valiosos eran para mí los libros cuando era estudiante.
No existe, creo, satisfacción mayor que oír de boca de un amigo que le ha encantado el libro que le regalaste. Entonces es cuando el hecho de regalar un libro cobra toda su significación: tú, el dador, sientes como si el regalo te lo hubiesen hecho a ti. Porque, por fortuna, un libro es mucho más que un simple regalo. 

*Inexplicablemente, en estos momentos la edición española de este libro esta fuera de circulación (salvo en formato electrónico), y su precio de segunda mano ha alcanzado cotas notables. ¿Habrá algún valiente editor que se decida a recuperarlo? Venga, sean tan amables y hágannos este regalo.



viernes, 18 de noviembre de 2016

DORMIR ENTRE LIBROS

 
Dudo que haya algún bibliómano al que no le guste dormir rodeado de libros. Están, por supuesto, los amontonados en la mesita de noche -unas pilas que pueden llegar a convertirse en verdaderos Everest. (Aprovecho para mencionar que siempre pongo mala nota a los hoteles en cuya mesita de noche a duras penas cabe un libro. Señores hoteleros, deberían pensar en la gente que lee en la cama.) Ciertamente, hay dormitorios enanos, en los que no cabe una estantería, y también hay quien prefiere el look minimalista y las habitaciones que parecen un monasterio zen, pero si uno tiene -como me pasa a mí- la casa llena de libros, es inevitable que también el dormitorio tenga su librería en cualquier cacho de pared que quede libre.
Una de las razones por las que, Brexit o no Brexit, el Reino Unido va a seguir siendo uno de mis destinos favoritos es porque  -más que ningún otro país que yo conozca- entienden bien esta necesidad bibliómana de rodearse de libros en todas las situaciones posibles. Recientemente, he descubierto unos cuantos lugares que me temo requerirán una nueva visita a ese bendito país. (Y gracias ante todo a Slightly Foxed, que me puso sobre la pista.) Lugares que combinan alojamiento y biblioteca para mayor deleite de sus huéspedes. El primero es la Gladstone Library. Recordarán ustedes a William Gladstone, eminente político inglés del siglo XIX, que fue en cuatro ocasiones Primer Ministro. La reina Victoria -con quien siempre tuvo malas relaciones- le creía loco, aunque tal vez se debía a que era un gran lector. En sus 88 años de vida llegó a leer unos 20.000 libros (lo sabemos porque los anotaba en su diario) y solía pasar horas reordenando su enorme biblioteca, que llegó a albergar 30.000 ejemplares. Consciente de la importancia de acercar la lectura a todo el mundo, hacia el final de su vida Gladstone constituyó una fundación que se haría cargo de su biblioteca y la abriría al público, en especial a las personas que no disponían de medios para acceder a la cultura. Desde el principio, pues, fue una "biblioteca residencial", que acogía a estudiantes y académicos que deseaban consultar sus fondos. Hoy, modernizada y con sus instalaciones puestas al día, es también un confortable hotelito, que tiene el no desdeñable añadido de ofrecer a sus huéspedes una impresionante biblioteca con más de 250.000 ejemplares a su disposición, aunque ellos se definen en su web como "a funny little library in North Wales". La afición británica por el "understatement", sin duda.  Nos informan también de que ofrecen descuentos "para el clero y los estudiantes". Es lo que faltaba para sentirme transportada a una novela de Anthony Trollope


El edificio que alberga la biblioteca

Por muy apetecible que resulte explorar el norte de Gales, lo cierto es que el destino más frecuente, y obvio, cuando se viaja al Reino Unido es su capital. Si uno desea evitar la impersonalidad de los hoteles y al mismo tiempo aprecia los servicios que tal vez no encuentre en una habitación de Airb&b, Londres ofrece la opción de los clubs privados. El que probablemente sea el más nuevo entre ellos se llama Library y está situado en Covent Garden, en el meollo del territorio teatral londinense. Haciendo honor a su nombre, combina las comodidades de un club tradicional con eventos culturales y librescos. Pero, a juzgar por su web, me temo que requiere que sus miembros no sólo sean librescos, sino que deben tener el bolsillo (muy) bien provisto.  Todo muy chic y cool, para mi gusto. Si se prefiere una opción con más solera, recomiendo hacerse socio del University Women's Club, una joya situada en pleno Mayfair. Su biblioteca, además de bien nutrida, es preciosa, igual que sus salones.



No es exactamente dormir rodeado de libros, pero sí con una biblioteca a dos pasos de tu habitación, lo que resulta muy reconfortante. ¡Y un avance notable respecto a cualquier hotel, donde como mucho encuentras una Biblia en la mesita de noche y una máquina expendedora de refrescos en el hall!
La última de las recomendaciones de Slightly Foxed no implica alojamiento, pero es muy, muy libresca. Se trata de la London Library. Tal vez no sea tan famosa como la British Library, pero no le va a la zaga. Fundada en 1841, ofrece 15 millas de estanterías abiertas al público, aparte de un fondo con más de un millón de referencias. Además de cómodas salas para leer y escribir sin ser molestado (¿quizás incluso dar una cabezadita?).


London Library (foto Philip Vile)


Esta biblioteca cuenta entre sus fondos con algunas joyas que le ponen a una los dientes largos. Sin ir más lejos, una primera edición (1850) de David Copperfield, así de bonita:



Su única desventaja: el acceso no es gratuito, se requiere ser socio para disfrutar de estas maravillas.
Consolémonos: dormir, y soñar, no cuesta nada.

sábado, 5 de noviembre de 2016

LIBROS QUE PIENSO LEER ALGÚN DÍA (TAL VEZ MUY LEJANO)

 
Los japoneses tienen un término específico, tsundoku, para designar la compra de libros que no vas a leer (la lengua japonesa, al parecer, es capaz de acuñar palabras para designar estados o condiciones que nosotros los occidentales ni imaginamos, como hikikomori, esos chicos que se encierran en su habitación, prescindiendo de todo contacto con el exterior). Sin embargo -tal vez por mi desconocimiento del japonés- a mí me parece más sugerente en este caso una expresión propuesta por Juan Tallón en uno de sus brillantes artículos: "el pasillo de la muerte": 
"Algunos los compraste tal vez con los ojos, siguiendo un impulso precipitado y caprichoso, o quizá realmente ansioso por leerlos, pero entremedias sucedió algo imprevisto, o no pasó nada, y ese fue el problema, y el libro quedó flotando en una especie de espacio exterior, lejísimos, libre de gravedad, buscando un cuerpo con el que chocar.
Juntos, muy distintos unos de otros, todos esos ejemplares conviven en el pasillo de la muerte, por llamarlo así. Los volúmenes no dialogan entre sí. Tampoco se relacionan apenas con su dueño, que hace mucho tiempo que dejó de reparar en ellos. Solo de vez en cuando, casi por accidente, se queda mirando algún título, y se dice "esto tendría que leerlo un día", o peor, "debería deshacerme de esta porquería". Pero va posponiendo sus promesas, como todo en la vida."
Todos los bibliómanos tenemos algún "pasillo de la muerte" en nuestra biblioteca, aunque quizás no adopte  esa forma tan poética, a lo mejor es sólo una estantería, una pila o un rincón (bien pensado, "rincón de la muerte" suena también bastante atractivo). Yo distingo entre aquellos libros que compro con el propósito de leerlos, pero que por cualquier motivo permanecen criando polvo en la pila de pendientes durante meses y meses, hasta que algún día acabo por reconocer que no, no los voy a leer en el futuro próximo (ni siendo muy generosa con la distancia que me separa de ese futuro), y aquellos que compro porque siento que he de tenerlos: una nueva edición o traducción de un clásico imprescindible que ya conozco, una obra de esas que "deberías haber leído ya" y que conviene no tener muy lejos por si de repente te ves fulminada por una enfermedad que te impide trabajar o moverte, pero no leer y leer sin descanso (a estas alturas de mi vida, empiezo a sospechar que esas enfermedades no existen; siempre que algo me ha postrado en la cama, el dolor o la fiebre han hecho inviable tan idílico plan).
 
 
 
 
Al final, los libros de ambas categorías acaban un día u otro archivados en la biblioteca general, donde comparten estantería con otros congéneres más afortunados que sí han sido leídos. Así pues, no dispongo de ningún "pasillo de la muerte", aunque la idea está empezando a gustarme. Me evitaría la leve sensación de incomodidad que experimento cuando paso la mirada por las paredes tapizadas de libros de mi biblioteca, esos reproches que parecen salir, como dardos, de unos lomos que -al contrario que sus compañeros- no me evocan ningún recuerdo. Señales de vida, recordatorios de todos los mundos de ficción que aguardan allí agazapados a que me decida a abrirlos. A medida que voy recorriendo con la vista los autores y títulos, cada uno de aquellos volúmenes adquiere un tinte emocional propio: libros que me emocionaron, libros que me dejaron indiferente, libros que detesté (me pregunto por qué no me he deshecho aún de ellos), libros que he releído una y otra vez, libros que apenas son un vago recuerdo, libros que no puedo recordar cómo acaban, libros que contienen personajes inolvidables (casi los veo salir de las páginas)... y, cada tanto, un lomo que no me dice nada, enigmático, frío, cerrado. 
 
 
¿Sería mejor eliminar estos convidados de piedra y desterrarlos a alguna región oscura desde la que no pudiesen lanzarme sus maleficios? ¿O estoy siendo injusta y sólo me piden, pobrecillos, una oportunidad? Tranquilos, les digo, ya os llegará vuestra hora. Sólo tenéis que esforzaros un poco, abombar vuestro lomo para que sobresalga entre el resto, hacer que vuestro título brille tentadoramente, lanzar irresistibles cantos de sirena que atraigan mi atención la próxima ocasión que ande por ahí a la caza de lecturas.
No sé, en verdad, si alguna vez llegaré a leer todos esos volúmenes que ahora me miran, con muda desaprobación, desde mi biblioteca. Pero, como dice Alberto Manguel, "no tengo sentimientos de culpabilidad respecto de los libros que no he leído aún y que quizás no lea nunca; sé que mis libros tienen una paciencia ilimitada y me esperarán hasta el fin de mis días".
 

lunes, 24 de octubre de 2016

EL ORDEN DE LOS LIBROS

  
Tal como dice Georges Perec un divertido artículo titulado "Notas breves sobre el arte y la manera de ordenar los libros" (contenido en el volumen Pensar, clasificar), "Toda biblioteca responde a una doble necesidad, que a menudo es también una doble manía: la de conservar determinadas cosas (libros) y la de ordenarlos de determinadas maneras". Este último extremo, es decir, dónde, cómo y en qué orden colocar los libros que vamos acumulando incansablemente, constituye una de las obsesiones de todo bibliómano. Perec menciona diversas maneras posibles de conferir un orden a los libros (orden alfabético, por países, por fechas de adquisición o de publicación, por géneros, por idiomas, por colecciones...), pero acaba concluyendo que ninguno de ellos es satisfactorio por sí solo y que, en la práctica, la mayoría de bibliotecas se ordenan por una combinación de estos sistemas. Algo que los lectores de este blog han podido comprobar de forma fehaciente husmeando en las bibliotecas de los blogueros que amablemente se ofrecieron a exhibir sus libros y su orden en este rincón libresco. Por más que hayamos optado por uno u otro de los posibles sistemas, a todo bibliómano le llega el momento de replantearse si debería revisarlo, sobre todo a medida que nuestros intereses lectores van experimentando nuevas derivaciones. De repente te encuentras con que tu colección de novela policiaca ha crecido alarmantemente y te preguntas si no deberías crear alguna subdivisión, algún agrupamiento nuevo que contribuyese a clasificar mejor ese océano. O tus libros de arte desarrollan un nuevo apéndice de fotografía que amenaza con ahogar a Matisse, Velázquez y compañía... ¿No sería oportuno crear una sección dedicada a ellos? Por no hablar del caso, realmente peliagudo, en que hay que hacer sitio a otra biblioteca, ya sea porque se comparte el espacio disponible con un nuevo compañero de piso o una nueva pareja, sea porque se han heredado libros de algún pariente fallecido o un amigo que ha emigrado a otras tierras. Motivo de alegría -¡más libros donde elegir!-, pero al mismo tiempo un auténtico rompecabezas. Lo más probable es que la biblioteca que se incorpora venga con su propio orden, que inevitablemente diferirá del tuyo. Pactos, cesiones y componendas son inevitables.
 
 
 
Reordenar la biblioteca es siempre una tarea ardua y exigente: se requiere mucha energía física y mental para llevarla a buen puerto. Llegados aquí, permítanme un consejo, basado en algunas amargas experiencias propias: calculen siempre el doble del tiempo previsto -lo más probable es que uno no pueda resistir la tentación de hojear algunos de los volúmenes que pasan por sus manos- y, sobre todo, nunca, nunca dejen el trabajo a medias. Se corre el serio peligro de tardar semanas o meses en volver a reunir las energías necesarias para acometerlo de nuevo. Además, la visión de una biblioteca a medio (des)montar resulta una de las cosas más descorazonadora que existen.
Pero, para un bibliómano, peor que todo esto son los absurdos sistemas ideados por estilistas, decoradores y especies similares que por regla general contemplan el libro como simple elemento de adorno. La idea de tener que aplicar algunas de sus sugerencias a nuestra biblioteca resulta simplemente escalofriante Puesto que estamos cerca de Halloween, ahí van algunas muestras (tomadas de la web Nightlife), para que experimenten unos instantes de terror:
 
 

En artísticas pilas, formando una figura. Muy decorativo, sin duda, pero ¿guardarán esos libros algún tipo de orden? ¿Tal vez los de la cabeza son obras de pensamiento y los de la zona de la boca, libros sobre oratoria? Me temo que no hay tal... Por no hablar de las pilas caóticas del suelo. Como para encontrar algo.



 Una variante de lo anterior: que hay un espacio hueco, pues se apilan los libros. Lo importante es crear un "efecto", los libros tienen aquí un papel similar al de los cuadros o los espejos. Aunque, desde luego, llenar la chimenea de libros es más recomendable que quemarlos.
 
 
 
 
El que hizo esto estaba pensando en algo así como "mezclar colores y texturas" y le importaba un rábano que los elementos que manejaba fuesen libros. Debió de decidir que los lomos, todos distintos, le arruinaban la composición, mientras que los cortes, con esa sutil gama de colores marfil y tostados, resultaban mucho más decorativos. Las velas le dan el toque absurdo final: no parece muy buena idea encenderlas, a no ser que se quiera acabar con los libros perdidos de cera y chamuscados.
 
 
 
 
Y, por fin, una versión ligeramente menos perversa que las anteriores  -al menos podemos ver los lomos de los libros y saber sus títulos-, pero igualmente enloquecedora a efectos de encontrar lo que uno busca: ¡por colores! Algo que sólo me parece tolerable para algunas colecciones emblemáticas, como la amarilla de Anagrama o los lomos naranja de los antiguos Penguin, ahora reeditados en colección limitada.
 
Adaptando la famosa frase de John Waters: “If you go home with somebody, and they don't have books, don't fuck 'em!", si yo me topo con alguno de estos arreglos, seguro que no hay plan...

domingo, 16 de octubre de 2016

LA CRÍTICA Y EL ABRELATAS


Una de las cosas que decididamente resultan más irritantes para un lector es perder algunas horas de su tiempo leyendo libros que resultan ser un fiasco. Los malos libros -entendiendo por ello aquellos que no cumplen con nuestras expectativas, tanto da el género al que pertenezcan- son una verdadera maldición. Por eso los lectores andamos siempre tras esa elusiva fórmula que nos permitiría -idealmente- acercarnos sólo a los libros que valen la pena, esos que son afines a nuestros gustos o que, sin serlo a priori, se revelan como maravillosas sorpresas, abriendo nuevos caminos lectores para nosotros. Pero, ¿cómo descubrirlos entre los miles, millones, de volúmenes que se ofrecen a nuestro afán lector? La recomendación, por supuesto, es una de las vías más fiables y más utilizadas, ya sea de un lector que merece nuestra confianza, o de un profesional de la recomendación: un crítico. Mas, ¡ay!, no es oro todo lo que reluce, y creo que a todos nos ha sucedido terminar una crítica sin saber a qué atenernos acerca del libro que en teoría pretende diseccionar. Críticas que recuerdan a los malos abrelatas, esos que te obligan a forcejear durante un buen rato, para acabar con la lata medio abierta y el instrumento en cuestión roto o descartado. 
Entonces,¿cuáles son las características de una crítica bien hecha? He leído recientemente la entrevista que Jordi Nopca le hace a un finísimo crítico catalán, Ponç Puigdevall, y creo que sus palabras iluminan muy bien algunas de las reglas que los malos críticos suelen incumplir.


Ponç Puigdevall (Foto Joan Puig, El Periódico)

-No hablar de uno mismo. Al lector le interesa el libro, no la vida del crítico en cuestión. Como dice Puigdevall:
"No necesito decir que he conocido a no sé quién o que he leído una versión previa de la novela en cuestión. ¿A quién le importa eso?"

-Una crítica no consiste en explicar el argumento de una obra, ni la vida personal del autor.
"En las críticas tampoco soy partidario de trazar la trayectoria del autor, y me sería mas fácil hacerlo, porque tendría quince o treinta líneas ganadas y tal vez la bofetada no sería tan fuerte. Tampoco explico muchas cosas del argumento en mis críticas. Lo importante es saber cómo funciona el juguete que tengo en las manos. La crítica son instrucciones de uso para hacer funcionar el juguete que el lector ha ido a buscar a la librería."
Eso es: explicarle al lector cómo funciona el libro. Si funciona, analizar por qué.Y si no funciona, por qué no. Así de sencillo, pero de ninguna manera así de fácil (quizás por eso hay tantas críticas que, a su vez, tampoco funcionan).

Volviendo al símil del abrelatas: una crítica bien hecha nos permite acceder a la esencia del libro, lo abre limpiamente para nosotros. Una crítica mal hecha nos deja con la lata cerrada, algo magullada como mucho, y sin saber cómo es realmente la novela que pretende analizar.

Además, al leer las palabras de Puigdevall, me he dado cuenta de que el proceso que describe, su proceso de trabajo como crítico, tiene muchas similitudes con el que requiere escribir una entrada de blog:
"Ahora tengo más práctica y experiencia [lleva 25 años ejerciendo la crítica literaria], pero de todos modos cada reseña significa comenzar de nuevo. Pasa lo mismo que con las novelas: tanto da que hayas escrito veinte; la siguiente siempre es como si fuese la primera. Una reseña es como un microcuento: a veces lo empiezas bien y lo acabas mal, otras veces te enredas cuando vas por la mitad."

Es exactamente así, al menos en mi caso. No importa que lleve años redactando con regularidad estas  entradas, cada una de ellas cuesta como si fuese la primera, y muchas veces, lo que pensaba decir al comenzar se ha convertido en algo muy distinto cuando llego al final. Si es que llego, claro.




No cabe duda tampoco de que diseccionar las obras de otros es muy útil para aprender a escribir. Esto lo sabe bien Puigdevall, que aparte de crítico es también novelista:

"El hecho de tener la obligación de inspeccionar de qué manera están hechas las novelas de los demás es una ayuda importante, porque te permite entrar en la maquinaria de la novela de otro. Por eso, cualquier libro leído, por cafre que sea, es bueno. Al menos para un escritor. Por otra parte, la única manera de poder escribir tu obra es habiendo leído mucho. Es una obviedad, pero es así."

Y, en esta entrevista tan llena de consejos útiles, un último consejo para el que aspire a hacer carrera literaria:
"A toda esa gente que pasa por la calle le es completamente indiferente que publiques una novela buenísima o no. Has de plantearte porqué quieres escribirla, y la respuesta es: para ti mismo. Escribir te sirve a ti."

Lo mismo ocurre con el blog: te equivocas si lo haces por tener seguidores, ser famoso, ganar dinero o por cualquier otro motivo. Un blog no sirve de nada si no te sirve ante todo a ti mismo.




jueves, 6 de octubre de 2016

LOS LIBROS SALVAJES

Con el otoño, llega una de las citas bibliófilas del año, la "Fira del llibre d'ocasió antic i modern", al Paseo de Gracia de Barcelona. Por más que me haya prometido refrenarme y no añadir aún más libros a las pilas de los que esperan ser leídos, es ineludible que me pase por allí. No es que confíe en encontrar algo concreto -aunque una siempre tiene la esperanza de descubrir inopinadamente aquel libro inencontrable que lleva tanto tiempo persiguiendo-, es más bien un recorrido de orden estético, para deleitarme en volúmenes que seguro no compraría nunca, pero que provocan mi admiración, ya sea por su rareza, por su antigüedad, por su encuadernación; porque rebuscar entre los ejemplares que atestan las paradas me trae continuos recuerdos de libros que he leído, autores tal vez olvidados, temas que despiertan mi curiosidad. Siempre hay gente, jóvenes y viejos, desde estudiantes que buscan una edición barata de los libros que les han recomendado en el instituto, hasta ávidos coleccionistas que, tras alguna presa difícil, husmean y se meten por todas partes, observando con desconfianza a sus posibles rivales. Personajes en los que me parece ver un trasunto de los bibliófilos del XIX, como Charles Nodier, de quien dice Andrew Lang (en un artículo publicado por la revista Texturas):
Charles Nodier
 "...era pobre, pero nunca vacilaba ante un precio que estuviese por encima de sus posibilidades. Se arruinaba literalmente acumulando una biblioteca y luego reconstruía su fortuna vendiendo sus libros. Nodier pasó su vida sin un Virgilio, porque nunca consiguió encontrar el Virgilio ideal de sus sueños: un ejemplar limpio, intonso, de la edición 'buena' de Elzevir, con la errata y los dos pasajes en letras rojas. Tal vez este fracaso fuese un castigo divino por la triquiñuela con la que engatusó a cierto coleccionista de biblias. Se INVENTÓ una edición, y puso al coleccionista sobre su pista, que éste siguió en vano, hasta que murió, enfermo de esperanzas diferidas."  

 No encontrándome, por fortuna, aquejada por esa rara enfermedad que lleva a los hombres a dejarse la vida y la fortuna en la adquisición de libros, mi deambular por esta feria se parece más a la visita de una galería de arte, o de un parque natural. En momentos así, hago mía esta perspicaz reflexión de Virginia Woolf:
"Los libros usados son libros salvajes, sin hogar, han llegado juntos en vastas bandadas de variado plumaje y tienen un encanto del que carecen los libros domesticados en las bibliotecas".
Pues creo que, en gran parte, en eso reside el encanto de las librerías de segunda mano: son libros no domesticados, a los que podemos dar caza, si queremos, o quedarnos simplemente admirando su vuelo y su plumaje. Como los patos salvajes, nos preguntamos de dónde vendrán, que tierras habrán recorrido antes y dónde acabará su periplo. Abrimos uno al azar y vemos un nombre y una fecha: ¿dónde parará este desconocido dueño? Los libros salvajes, a diferencia de los de nuestra biblioteca, tienen cada uno su propio olor. No sólo el familiar olor a libro viejo: si acercamos la nariz, uno huele levemente a humedad (tal vez unas manchas amarillentas los corroboren), otro a tabaco (estuvo en la biblioteca de un gran fumador), otro... quién sabe. Si nos hacemos con ellos y se convierten en libros domesticados, no les quedará otro remedio que adoptar el olor de sus compañeros; es sabido que el ave nueva en un corral debe someterse a los dictados del grupo. Tal vez es mejor dejarlos en libertad, para que sigan yendo de aquí para allá, de tenderte en tenderete, de mano en mano, libros salvajes que nos hacen soñar y que, aunque sea por un momento, nos parecen más atractivos que los que, domesticados, nos esperan en nuestra biblioteca.
 
 
 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

CATA A CIEGAS LITERARIA

 
Si sólo pudieras ver esto, ¿con cuál te quedarías?
 
¿Por qué compramos un libro? ¿Por qué ese precisamente y no el de al lado, o el de la estantería de arriba? Tal vez nos mueve el autor, el título, una recomendación de un amigo, una crítica que hemos leído... Muchas veces, sin embargo -y esto lo saben muy bien los departamentos de marketing de las editoriales- lo que precipita nuestra decisión es una cubierta atractiva, un color llamativo o un texto promocional que nos haga imaginar las maravillas que encontraremos entre sus páginas. (Sobre esos textos promocionales hay también mucho que decir, pero ya hablamos de ello en alguna ocasión anterior.) La verdadera prueba de fuego es llegar a un libro sin ninguna referencia, a pelo. Imagínense que tienen delante un libro en el que no figura el autor (o su nombre les es del todo desconocido) y carece de textos de solapa. Esto último no es tan raro, la mayoría de libros en tapa dura que se publicaban hace cien años carecían de cualquier texto aclaratorio. La misma Jane Austen se dio a conocer ante sus lectores con un volumen -Sense and Sensibility, su primera novela publicada- en el que como autor se postulaba sólo un enigmático "By a Lady". Nada de resumen del argumento, ni biografía de la autora, ni faja del editor diciendo "una novela de amor que nunca podrá olvidar". ¡Y la obra fue un éxito! (al menos para los parámetros de la época: la tirada de esta novela fue de unos 750 ejemplares, aunque hay que tener en cuenta que por entonces tiradas de 500 eran lo más habitual).
 
 
 
 
Bueno, pues si los lectores ingleses de 1811 eran capaces de apreciar una obra a partir del propio texto, sin contar con el respaldo de una cubierta bellamente ilustrada, de una campaña de marketing o de una faja promocional, ¿deberíamos nosotros ser menos? ¿Qué pensaríamos de una novela de Jane Austen si llegásemos a ella a ciegas? Por mi parte, a menudo me pregunto, ante ciertos engendros que se venden por millares por ahí, si realmente los que lo compraron han llegado a leerlo. O bien si lo han leído con las anteojeras de "esto es lo que se lleva ahora, de modo que ha de ser bueno" puestas. En el otro extremo del espectro literario, divierte a veces imaginarse qué diría un lector común acerca de algunos de los considerados clásicos si se le presentasen desnudos de toda información, de toda aura cultural que los respaldase. Quiero creer que muchos superarían la prueba -por eso se han convertido en clásicos-, aunque me queda la duda de si no habría lectores que los descartasen por aburridos o incomprensibles. Po eso precisamente son de admirar los editores -y los lectores editoriales, a quienes con frecuencia les toca hacer una primera criba- que, delante del manuscrito de un autor desconocido del que no poseen ninguna referencia, son capaces de ver un talento, una promesa, y apostar por ella.
Sea como fuere, sujetarse de vez en cuando a estas "catas a ciegas" literarias me parece muy saludable. Sólo que cada vez es más difícil llegar a un texto virgen de toda referencia. Dándole vueltas a este asunto, me topo con el curioso juego que propone una librera de Pamplona (Deborahlibros, no dejen de visitar su blog): presenta una serie de libros envueltos, y le da al lector sólo una referencia genérica ("Viajes", "Novela histórica"), aunque no se ha atrevido a prescindir de toda explicación -su oficio, después de todo, es vender libros, y no sabemos si hay tantos lectores dispuestos a tirarse a la piscina- y lo condimenta con un breve texto escrito por ella. Una original iniciativa, que yo de ustedes no me perdería si están por allí.