John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

domingo, 3 de diciembre de 2017

DEJAR UN LIBRO A MEDIAS



Según Daniel Pennac -que tanto reflexionó en torno a la lectura y cuyo aniversario, precisamente, se conmemoró el pasado 1 de diciembre-, entre los derechos del lector está el de dejar a medias un libro. Unos derechos estos que estaría bien grabar a la entrada de las bibliotecas y de las escuelas, para alivio de tantos lectores que no consideran que leer un libro deba ser una obligación, ni un paso más en su educación, ni una muestra de superioridad moral, ni una tarea ardua, pero necesaria. Que desean leer un libro sin más, sin connotaciones, a su ritmo, porque en ese momento les apetece (y tal vez en otro momento no, ¿qué pasa?). Y, si resulta que ese libro no les convence -sin importar que se lo hayan recomendado tantísimo, ni que su autor sea famoso, ni que a su vecina le haya encantado-, están en su pleno derecho de dejarlo cuando quieran. Es más, creo que aprender a abandonar una lectura que no cumple con las expectativas, lejos de ser un acto de pereza, es un acto de necesaria higiene mental.

Daniel Pennac

En mi larga nómina de lecturas hay infinidad de libros terminados, la mayoría, pero también unos cuantos que se quedaron a medias. ¿Eran todos malísimos? Sin duda, algunos lo eran. Pero, lo confieso, hay libros "malos" -con muchas comillas; como dicen los ingleses "one man's meat is another man's poison", lo que en castizo viene a ser "para gustos, colores"- que he leído hasta el final sin pestañear, a veces porque  simplemente la trama me había atrapado; otras, porque a pesar de la absurda deriva del argumento, no había perdido del todo la esperanza de que enderezase su rumbo en algún momento. Así pues, que flaquease en la continuidad de la lectura fue solo en parte achacable al libro en cuestión. También se ha dado el caso de que, a pesar de hallarme ante una novela suficientemente interesante y bien escrita, el desenlace me resultase excesivamente previsible; no me importó entonces dejarla de lado a pocas páginas de ese final que veía venir desde lejos. En otras ocasiones, en cambio, la culpa del abandono ha sido toda mía: quizás mi mente no estaba preparada para digerir ese libro en concreto, o la lectura me pilló en un momento en que estaba empachada de ciertas lecturas y -a modo de los que se encuentran delicados del estómago- necesitaba otro tipo de dieta libresca. Nunca me ha parecido grave. Algunos de esos libros los he retomado, con provecho, en condiciones más adecuadas. Otros, esperan aun su turno, que tal vez no llegue nunca.




Existe ahora una corriente de opinión que achaca las bajas tasas de lectura a la ubicua y constante seducción de las pantallas. ¿Cómo va a leer la gente -argumentan- si está rodeada de otras ofertas de ocio, tan sumamente atractivas? Es innegable que todos, salvo algunos pocos ermitaños tecnófobos que aún reniegan del móvil y sus fastos, perdemos cada día mucho tiempo consultando aplicaciones diversas. Tiempo que, sin duda, podríamos dedicar a otras actividades. Ahora bien ¿quién dice que privada del imán de las pantallas, la gente se lanzaría a leer y no a cualquier otra actividad? Qué se yo, a tomar cañas, a hacer deporte, a hablar con los amigos o jugar con sus hijos. En fin, en cualquier caso el asunto preocupa lo suficiente como para que se encarguen sondeos al respecto. Cazo al vuelo -sí, en esas redes malignas que me quitan tiempo para leer- un artículo aparecido en la web ActuaLitté con el tremendista titular "Desbordados, los lectores no terminan más que un libro de cada tres". Alarmante, se diría. Aunque si uno lee con atención los datos allí expuestos, la cosa no parece tan grave. De entrada, resulta que el titular no refleja del todo los resultados del sondeo, que, leído con más atención,  dice que "un francés de cada tres menor de 50 años deja a medias más de la mitad de los libros que comienza" (o sea, para dos terceras partes del público lector la tasa de abandono es menor). Con frecuencia, el motivo aducido para este abandono es "la falta de tiempo". Ignoro con qué grado de veracidad responde la gente a estas encuestas, pero yo las encararía con un sano escepticismo: personalmente, no he dejado nunca de terminar un libro que me interesase lo suficiente. ¿Quién no se ha quedado en vela hasta las tantas con tal de acabar un libro que le apasionaba? El tiempo, como todos sabemos, es relativo. Y elástico. Curiosamente, además, entre los menores de 35 años (que se supone son los más afectados por la adicción a las pantallas) solo un 16% dice que estos medios les impiden concluir sus lecturas. Vemos luego que todo el objetivo de la encuesta era sondear si tendría aceptación entre el público un sistema que permitiese convertir los libros en audio. Así que el malo de la película no eran las pantallas, ni la falta de diligencia de los lectores, sino el libro en papel, tan pesado y anticuado el pobre. Supongo que, como ocurre con todas las encuestas -fíjense sino en el ejemplo de las encuestas electorales-, cada cual saca de ellas la conclusión que más le interesa. Por mi parte, creo que nunca se me ocurriría achacar el abandono de un libro a que era muy largo y abultaba mucho. Precisamente, cuando un libro te gusta, lo que desearías es que no acabara nunca. Solo los tostones "se hacen" largos. Lo mismo que las malas películas, o las malas series. ¿Cuántas han dejado ustedes a medias, díganme? Al final, lo que cuenta es la calidad del contenido. ¿Para qué perder tiempo en libros que no lo valen? Háganse un favor, no se sientan culpables de dejar a medias los libros que no merecen su atención. Y empleen ese tiempo en leer otros que les compensarán sobradamente. Hagan uso, sin limitaciones, de sus derechos de lector. 





martes, 21 de noviembre de 2017

POSTURAS PARA LEER

(Ilustración de David Hettinger)

Leer es una actividad casi tan íntima y privada como dormir. No nos gusta que nos observen cuando lo hacemos, porque nos sentimos espiados en un momento en que somos vulnerables. Aunque es preciso reconocer que cuando estamos absortos en un libro no atendemos a quién pueda estarnos mirando ni somos conscientes de cuál es la postura que adoptamos. Como sucede con la postura para dormir, los expertos pueden llenarnos de consejos, hablar de ergonomía, de circulación de la sangre o de descanso visual, pero cada cual considera que la postura -sea cual sea- que su cuerpo adopta por instinto es la mejor. Y cada uno tiene su postura preferida, que no cambiaría por ninguna otra. 
Nos recomiendan leer sentados, a ser posible en un asiento firme, pero no duro, con la espalda recta y los muslos paralelos al suelo. Nada de entrelazar los pies (algo casi automático cuando uno se acomoda ante un libro), por aquello de no interrumpir la circulación. Y el libro, mejor que no esté plano sobre la mesa -que, a su vez, debe encontrarse a una distancia adecuada-, porque eso nos obliga a bajar la cabeza a medida que avanzamos en la lectura. Pero, como sostenerlo en alto resulta cansado, lo conveniente es utilizar un atril que lo haga más fácil. Unas normas sin duda de lo más racional y estupendo si se aplican sobre un maniquí, pero yo no conozco a nadie que lea así en la vida real. (Además, una vez tienes el libro apoyado en el atril, ¿se puede saber qué haces con los brazos? Pues, lógico, usarlos para apoyar la cabeza, con lo que la espalda se curva y la cabeza se ladea.)

Audrey también intentó adoptar la postura perfecta, 
pero vean lo que pasó... No diré nada de las gafas de sol.

Pero, es verdad, según sean las circunstancias, adoptamos posturas de lectura distintas. No lees igual en la biblioteca que en el metro o en el salón de tu casa. Una intrépida lector adepta de la metodología científica ha intentado comprobar empíricamente qué postura le permitía pasar más tiempo leyendo. Anoto a continuación algunos de los resultados que obtuvo:

-La mejor posición; sentada en un banco del parque. Tiempo de lectura: 48 min, 6 s. Observa además que le resulta agradable el ruido de fondo y el aire libre. Aunque tiene sus desventajas, que también anota: hay días en que hace frío, los bancos no son demasiado confortables, hay insectos y una paloma la miraba de forma rara (y digo yo, ¿seguro que estaba concentrada leyendo? ¿cómo se dio cuenta entonces de cómo la miraba la paloma? Esto me hace dudar de la validez científica del experimento).



-La que más le ha sorprendido, positivamente: de pie. 27 min, 24 s. Se veía un poco rara, pero la postura le permitía caminar y comer o beber mientras leía (esto último no lo veo, faltan manos).

-La peor: sentada con las piernas cruzadas: 11 min, 9 s. Y me parece mucho. A menos que seas un yogui, esta postura no permite alargar demasiado la lectura.

Aunque menciona también las diversas formas de leer tumbado en la cama (o en la hierba del parque, a pesar de las palomas aviesas esta chica muestra una afición notable por leer al aire libre), sospecho que su investigación en este terreno no ha ahondado demasiado. Pues para mí -todo esto es muy personal, es preciso reconocerlo- la postura perfecta es reclinada (pero no echada del todo) en la cama, en un sillón o en el sofá. Al contrario de lo que afirman los expertos, encuentro que esa relajación del cuerpo permite que mi mente vuele mucho más fácilmente a la historia que tengo entre manos y favorece mi inmersión en la lectura. Dejo de pensar en que tengo brazos o piernas, en mi riego sanguíneo y en si guardo la distancia ideal (por supuesto, eso requiere que no haya palomas merodeando por ahí y mirando de refilón) para perderme en el libro. Que es de lo que, en definitiva, se trata.
Porque, igual que la mejor postura para dormir es aquella que facilita la desconexión con el mundo de los despiertos, la mejor postura para leer es, para cada uno, la que le ayuda a olvidar su entorno por unos minutos o unas horas, para entregarse por completo a la lectura.




miércoles, 8 de noviembre de 2017

DESHOJANDO LIBROS


Amo los libros. Vivo rodeada de ellos. Ver un libro estropeado, con las tapas arrancadas, o las páginas alabeadas por la humedad, me produce desazón, como si el libro estuviese lisiado, enfermo, necesitado de cuidados y cariño. Y ya no digamos la idea de que alguien arranque las hojas de un libro. Me parece una falta de respeto lindante con la tortura. Sin embargo... resulta que he leído un cuento sobre alguien que destripa libros y me ha gustado. Incluso diría que he encontrado algo inspirador en ello. Que no cunda el pánico. No me voy a poner a arrancar hojas como una posesa, sin duda seguiré cuidando de mis libros lo mejor que sé, pero la literatura tiene eso: planta una semilla en tu cabeza, y nunca se sabe a dónde puede llevarte. Déjenme que les cuente. Todo es culpa de una escritora llamada Ali Smith. Escocesa, por más señas. Que escribe unos cuentos y unas novelas que te dejan, ¿cómo decirlo?.. lo cierto es que nunca son lo que esperas. En una antología recientemente publicada, Amor libre, hay un relato, que lleva por título "Lectura del día" que no puede dejar indiferente a ningún bibliómano. Su protagonista, Melissa, es una joven que tiene el piso lleno de libros. (Empieza bien, ¿verdad?) La autora nos dice que en su piso hay:
"Libros y libros, libros de libros desplazándose imperceptiblemente de noche mientras los cimientos del bloque de pisos reformado hacían estremecerse al edificio. Libros los unos contra los otros, tan juntos que las cubiertas de varios de ellos se habían pegado; de haber querido sacar Villette de Charlotte Brontë (Penguin) para releerlo, por ejemplo, Melissa lo habría encontrado pegado de un lado a Shirley (Penguin) y del otro a un ejemplar de 1933 de Testament of Youth de Vera Brittain (Gollancz), firmado por la autora, que había encontrado por cincuenta peniques en el mercadillo de una biblioteca pública."
(Hasta aquí, nada raro; el bibliómano se siente plenamente identificado. Piensa, incluso, qué libros de su propia estantería se quedarían enganchados unos a otros.) Pero un buen día Melissa parece hartarse de todo: deja a su novio, no va a trabajar, deja de pagar las facturas y, por último, empieza a desparramar los libros por todo el piso. (Mal síntoma, piensa el bibliómano.) Y luego, desaparece. Su amiga Austen (un nombre perfecto para la amiga de una amante de los libros), va a su piso y lo encuentra así:
"los libros, los libros, la niña de sus ojos, se veían rarísimos en esas dos estancias, tan desordenados, tirados por el suelo o apilados al azar, inmensos huecos en las estanterías, pared arriba, libros tumbados, inclinados, hasta libros desperdigados por el baño y todo."
(En efecto, algo va muy mal, corrobora nuestro avezado lector.)   
Mientras, en algún otro lugar, Melissa ha emprendido una peculiar campaña de lectura. Una lectura que consiste en ir arrancando las hojas de los libros que va leyendo, dejando que vuelen por ahí, Sistemáticamente, relee sus libros favoritos y los deshoja. La lista es larga y dolorosa. Pero ella solo siente alivio. Como cuando, sentada sobre la lápida de un cementerio, deshoja nada menos que a Joyce:
"Dublineses lo había releído, disfrutándolo inmensamente, arrancando las páginas según las iba terminando y dejándolas caer mientras caminaba o estaba sentada. Nunca había disfrutado tanto la lectura de «Los muertos», descubrió Melissa mientras, al borde de las lágrimas, arrancaba la última página, la página sobre la nieve, y la dejó caer."
(¡Ah! aquí el bibliómano siente nacer una llamita en su interior: recuerda ese último párrafo magistral de "Los muertos" en el que cae la nieve  sobre Dublín, y sobre la tumba de Michael Furey, muerto hace tantos años. La nieve "reposaba espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas". Cae sobre el universo, "sobre todos los vivos y sobre los muertos". Derramar las hojas de "Los muertos" sobre la lápida de un cementerio nevado le parece súbitamente una buena idea.) A veces, esas hojas las encuentra gente corriente, que va por la calle, o en el autobús. Y, también a veces, esas briznas de literatura tienen efectos inesperados. Como le ocurre a la mujer que encuentra el fragmento de un poema enganchado a su zapato de tacón: 
"Las palabras que había pinchado con el tacón le parecieron preciosas, y dobló el papel y lo metió en un escondrijo secreto, debajo del forro del cajón del maquillaje. No le contó a nadie que las había encontrado."
 (Sembrar literatura, piensa el bibliómano. Tal vez, tal vez, deshojar libros no esté tan mal.) No voy a revelarles lo que ocurre al final, ya bastante les he adelantado. Léanlo, se lo recomiendo. Solo les diré que, paradójicamente, esta joven que deshoja libros transmite un inmenso amor por ellos. (El bibliómano, sonriente, manifiesta su aprobación.)

Ali Smith. Por supuesto, rodeada de libros.
(Foto New Statesman)


domingo, 29 de octubre de 2017

LA SEGUNDA NOVELA


Escribir una novela es un trabajo largo y complejo. Conseguir, además, publicarla, más difícil todavía. Basta con preguntar a los miles de escritores que con sus manuscritos -metafóricamente- bajo el brazo, llaman en vano a las puertas de los editores. Cuando, al fin, uno de estos escritores noveles ve por primera vez su novela en forma de libro siente que ha alcanzado su meta. ¡Ha comenzado su carrera literaria! Sin embargo, la ruta hacia la gloria y la fama está plagada de obstáculos. Las primeras novelas, a menudo, pasan desapercibidas. ¿Quién se fija en un nombre desconocido cuando hay tanto escritor famoso compitiendo por la atención del público? Ese, no cabe duda, es el primer tropiezo. (Para saber más sobre las dificultades a las que se enfrentan los escritores que empiezan, recomiendo un delicioso libro sobre el fracaso editorial, que lleva el paradójico título de Éxito). Pero supongamos que -por uno de esos golpes de fortuna que ocurren a veces, o porque realmente se trata de una obra excepcional- esa primera novela que asoma tímidamente al mercado se convierte en un éxito. ¿Podemos decir entonces que el camino de su autor se ha allanado? Ni mucho menos. Triunfar con una primera novela es -o puede serlo, hay numerosos casos documentados- un regalo envenenado. Con un listón tan alto, ¿cómo cumplir con las expectativas creadas? Los hay que nunca lo consiguen y, tras un fulgurante comienzo, decepcionan a su público con las sucesivas novelas. O que se quedan tan paralizados por el temor al fracaso, que nunca más escriben o sólo lo hacen tras muchos años de silencio. Véase lo ocurrido con Arundhati Roy, cuya segunda novela ha tardado nada menos que veinte años en ver la luz. El pánico, a veces, demuestra ser infundado: Marylinne Robinson obtuvo en 1994 el Premio Pulitzer por su novela Vida hogareña; hasta 24 años más tarde no publicaría la segunda, Gilead, que, lejos de decepcionar... ¡recibió de nuevo este mismo galardón! La segunda novela, pues, es traicionera. Puede ser tu consagración, pero también la tumba de tus ambiciones. 
Conscientes de la inmensa dificultad de revalidar con una segunda novela el talento que apuntaba en la primera, en Gran Bretaña crearon hace ya algunos años un premio, el Encore Award -patrocinado por la Royal Society of Literature-, específico para segundas novelas. Según rezan sus bases, está pensado para premiar a "aquellos escritores que hayan igualado o superado el nivel de un debut excelente o que hayan sido capaces de recuperarse de un inicio poco prometedor". Como es de esperar, los contendientes cada año no son demasiados. Se publican infinidad de novelas, pero sólo un puñado de ellas son precisamente segundas novelas que cumplan con los requisitos de este galardón. Entre los premiados, hay nombres que no sólo han demostrado su valía con una segunda novela, sino que han continuado creciendo como escritores con sus sucesivas obras: Ali Smith (2002), Anne Enright (2001) o Colm Tóibin (1993) son algunos ejemplos de ello. 

Siete años después de recibir el premio Encore
por su segunda novela, Anne Enright obtuvo el
prestigioso Booker Prize

Stephen Fry, en su discurso de presentación del premio, supo poner el dedo en la llaga al decir que:
"El problema de la segunda novela es que, comparada con la primera, no cuesta nada escribirla. Si escribí mi primera novela en un mes y tardé dos años en completar la segunda, ¿cuál escribí más deprisa? La segunda, por supuesto. Escribir la primera me llevó 23 años y en ella está contenida la experiencia, el dolor, la ira, el amor, la esperanza, la invención cómica y el desespero de toda una vida. La segunda novela es un acto de escritura profesional. Por eso es tanto más difícil" 
Seguro que están ustedes dándole vueltas al asunto, intentando recordar qué segundas novelas dignas de las primeras conocen. Voy a ayudarles un poco, porque hay segundas novelas realmente deslumbrantes. Por ejemplo, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen (que siguió a Sentido y sensibilidad); Oliver Twist, de Charles Dickens (precedida por Los papeles del club Pickwick) o el Ulises, de James Joyce (la primera novela de Joyce fue Retrato del artista adolescente). No está mal para ser unas segundonas. 

domingo, 15 de octubre de 2017

NAPOLEÓN Y LA LECTURA

El emperador en su estudio, por Jacques Louis David

Lamentablemente, parece que vivimos una época de gobernantes poco amantes de las letras, cuando no casi alérgicos a ellas. El actual presidente de los Estados Unidos -cuyo nombre prefiero no pronunciar- dice no haber leído ningún libro en los últimos años. Falta de tiempo, argumenta. Por supuesto que todos los lectores sabemos que esa no es una excusa válida. Además, muchos otros ocupantes del cargo han cultivado la lectura. Sin ánimo de comparar a ese personaje con gentes cuya estatura intelectual y política le convierten en un pigmeo, quizás le daría qué pensar  -aunque puede que tampoco tenga tiempo para reflexionar- el que figuras de tal relevancia histórica como Alejandro Magno o Napoleón fuesen grandes lectores. Del primero, es verdad, lo que se sabe está envuelto en brumas -dado que no se conserva ningún testimonio directo de contemporáneos suyos-, pero resulta plausible que Aristóteles, su maestro, le inculcase el amor por la lectura. La leyenda dice, al menos, que su autor de cabecera era Homero y que tenía siempre un ejemplar de La Ilíada cerca. De Napoleón poseemos mucha más documentación y no cabe duda de que era un ávido lector. No solo eso, también valoraba el aspecto físico del libro: el papel, la buena encuadernación, las bibliotecas... Como le sucede a la mayoría de los infectados por el virus de la lectura, la afición le venía de lejos. Según cuenta la amena obrita de Antoine Guillois, Les Bibliothèques particulières de l'empereur Napoleón (París, 1900), ya en su juventud devoró todas las obras contenidas en la biblioteca familiar de Ajaccio, y entre ellas sentía predilección por las Vidas de Plutarco y -cómo no- por Homero. Más adelante, se aficionó a Rousseau -cuyas obras pedía a un librero de Ginebra- y leyó, entre muchos otros autores, a Mme. de Staël y a Francis Bacon. Cuando, ya encumbrado al cargo de cónsul, se instaló con Josefina en la Malmaison, se hizo construir allí una hermosa biblioteca, donde reunió más de cinco mil ejemplares, sobre todo obras de historia y de filosofía, y que era su lugar de trabajo preferido. 

Biblioteca del Château de la Malmaison

Como era costumbre, hizo encuadernar todos los volúmenes en cuero, con las iniciales B y P entrelazadas en el lomo (de Bonaparte-La Pagerie, que era el nombre de la familia de Josefina) y "Malmaison " en letras doradas en la tapa. Algunos de ellos participaron, en el equipaje del general, de la campaña de Egipto. Por desgracia, esta biblioteca se dispersó, vendida en subasta en 1827, a la muerte de Eugène Beauharnais. (¡Qué no daría una por tocar alguno de estos libros, ya no digamos por poseerlo!) 
No contento con llevar consigo libros durante sus desplazamientos, le interesaba estar informado sobre las nuevas publicaciones. Así, durante la campaña de Jena, le ordenó a su secretario que redactase la siguiente misiva:
"El emperador se queja de que no recibe novedades de París. Sin embargo, le sería usted fácil enviarnos cada día dos o tres volúmenes, con el correo que sale a las ocho de la mañana."
Y es que acostumbraba a entretener los viajes y las campañas leyendo; su berlina estaba dispuesta de modo que facilitase la lectura. Cuando un libro no le gustaba, Napoleón tenía la costumbre de tirarlo por la ventanilla, de modo que podríamos decir que fue dejando un rastro de libros por Europa. Tal era su avidez lectora que hasta llegó a idear una "biblioteca de viaje" que contuviese los libros que consideraba imprescindibles y a establecer las medidas y el tipo de encuadernación que debían tener. Estos libros iban protegidos en una caja de madera, para facilitar su transporte:




Como se puede observar, la propia caja tiene forma de libro, conformando así un falso libro con muchos libros dentro. No satisfecho con este arreglo, en 1808 le dio las siguientes instrucciones a su bibliotecario:
"El Emperador desea formar una biblioteca de viaje de mil volúmenes en formato de doceavo, impresos en tipografía Didot. Es intención de Su Majestad que dichas obras se impriman para su uso personal y, para economizar espacio, no deben llevar márgenes. Deben tener entre quinientas y seiscientas páginas, y estar encuadernadas con cubiertas lo más flexibles posible. Deberá haber cuarenta obras sobre religión, cuarenta obras dramáticas, cuarenta volúmenes de épica y sesenta de otras poesías, cien novelas y sesenta volúmenes de historia, siendo el resto memorias históricas de todas las épocas."
Finalmente, este proyecto no llegó a materializarse, pero ser el bibliotecario de Napoleón no era ninguna sinecura. El emperador no sólo leía enormemente, sino que era exigente con lo que leía. Así, en una ocasión le escribe a Barbier, su bibliotecario, quejándose de que las novelas que le manda son detestables:
 "Van directas de la valija del correo a la chimenea. No nos envíe más porquerías de estas... Mande los menos versos que pueda, a menos que sean de nuestros grandes poetas."
Las peticiones Napoleón son constantes, uno se imagina al pobre Barbier corriendo de aquí para allá intentando satisfacerlas. Pero no todo son lecturas para distraerse, el emperador las emplea también para preparar concienzudamente sus campañas. Cuando está preparando la invasión de Rusia, solicita:
" Las obras más adecuadas para conocer la topografía de Rusia y sobre todo de Lituania [...] Debería asimismo disponer de todo lo que tengamos en francés sobre las campañas de Carlos XII en Polonia y Rusia."
Y, en mayo de 1812, reclama "un Montaigne en pequeño formato, que sería bueno incluir en la pequeña biblioteca de viaje". Esta biblioteca de campaña -hélàs!- ardió en su mayor parte durante la retirada de Rusia y el resto cayó en poder de los rusos. 
En momentos de zozobra como los presentes, una desearía que sus gobernantes fuesen capaces de ampliar sus horizontes y leyesen un poco más a Montaigne. Si no lo hacen, no será por falta de espacio, pues hoy todos los libros que acarreaba Napoleón caben en un Kindle. ¿O aducirán falta de tiempo, como ese otro?  Tal para cual.  

lunes, 2 de octubre de 2017

PROUST, ESE PRECURSOR



Hace un tiempo, la revelación de que existía un tráfico de reseñas favorables en Amazon -es decir, que había quien vendía, y quien compraba, esas opiniones positivas, que se suponen auténticas y no influenciables- causó un pequeño escandalo. Aparte de la obvia inmoralidad del engaño, destinado a engrosar las ventas del autor que se las agenciaba, mucha gente pensó que se trataba de una artimaña destinada a salvar del desastre a novelas que, de otro modo, no hubiesen tenido aceptación por parte del público. Cosa de escritores mediocres, vaya. Porque -según reza una opinión muy extendida- los grandes escritores no necesitan recurrir a estos expedientes. Dejemos por ahora de lado que el calificativo de "grande" solo se conquista después de una trayectoria creativa por lo general larga; nadie puede predecir cuál de los miles de escritores que hoy comienzan su carrera llegará a despuntar y cuál caerá rápidamente en el olvido. Hay quien piensa, en todo caso, que el escritor debe mantenerse alejado de los intereses comerciales. Que una cosa es el arte y otra el comercio. Algo que no tiene ningún sentido, porque los escritores -salvo algún bicho raro- lo que quieren es que les lea cuanta más gente, mejor. Y si ellos están convencidos de que su obra es buena, es justo que hagan lo posible por ampliar su público. ¿Llegando hasta el extremo de comprar criticas favorables? Sin duda, eso es ir demasiado lejos. Mas he aquí que resulta que eso es precisamente lo que hizo el gran -aquí sí no dudamos en aplicarle este adjetivo- Marcel Proust. Era cosa sabida que Proust tuvo que costear de su bolsillo la primera edición de Por el camino de Swann, al ser esta novela rechazada por los responsables de Gallimard  (quienes luego entonarían el mea culpa y se convertirían en los editores de toda su obra).

El ejemplar de Proust que sale ahora a subasta
(Foto Thomas Samson/APF)

Pero el escritor poseía muchos contactos y logró que otro reputado editor, Bernard Grasset, se la publicase, corriendo él con todos los gastos. Dado que tenía fortuna personal, eso no debió de constituir un grave problema. Es más, su presupuesto, sea cual fuese, le dio para hacer también una tirada muy reducida de lujo de la obra, impresa en papel japón, de la cual existen hoy solo cuatro ejemplares (un quinto, informa Le Monde, desapareció durante la ocupación nazi). Uno de ellos, precisamente, saldrá el mes próximo a subasta, y Sotheby's estima que puede alcanzar un precio de entre 400.000 y 6000.000 €. Una nadería. Al mismo tiempo, según informa igualmente The Guardian, lo que ha salido a la luz son unas cartas de Proust al editor de Grasset, Louis Brun, que revelan que el primero no tuvo reparo en pagar por conseguir que algunos periódicos publicasen reseñas elogiosas de su obra, redactadas por algún amigo -por ejemplo, el pintor Jacques Émile Blanche- o por él mismo (estas últimas se las mandaba a Brun, intermediario en dichas operaciones, escritas a máquina, para que no quedase rastro de su caligrafía). Unas reseñas que no eran lo que se dice modestas en su apreciación del libro: se trataría, dice, de "una pequeña obra maestra", capaz de "barrer como un soplo de viento los soporíferos vapores" del resto de novelas. Proust, ya lo ven, no pecaba de modestia. Movido por su fe en las bondades de su obra -o en la eficacia de la propaganda- pagó 300 francos (calcula el periódico británico que equivaldrían a unas 900 libras actuales) para conseguir que la novela saliese mencionada en la primera página de Le Figaro y una suma aún mayor (660 francos) por una larga reseña que apareció en Le Journal des Débats. A su manera, era un precursor. Hoy, las editoriales les asignan a sus novedades un presupuesto de marketing, sabedoras de que, no importa cuál sea su calidad literaria, cualquier libro se beneficia de una buena visibilidad.
Malo es engañar a los lectores intentando darles gato por liebre. Pero igualmente malo es menospreciar a los escritores que se esfuerzan por llegar a su público.

Retrato de Marcel Proust por Jacques-Émile Blanche


lunes, 18 de septiembre de 2017

LO QUE VALE JANE AUSTEN


Entretenidos como hemos estado estas últimas semanas con las vacaciones, los viajes y la política doméstica (esta última, ¡ay!, más entretenida que nunca), casi se nos ha pasado por alto una relevante  novedad económico-literaria: el Banco de Inglaterra presentó el pasado 18 de julio un nuevo billete de 10 libras con la efigie de Jane Austen, que ha entrado efectivamente en circulación hace pocos días. Como saben bien todos los que pasan por aquí, este blog es muy austeniano (vean algunos ejemplos aquí, aquí y aquí), y de buena gana haríamos una escapada a Gran Bretaña para poder pagar alguna de las inevitables compras librescas con un billete adornado por esta escritora, También, por supuesto, nos alegra que por fin los billetes de banco conmemoren a alguna mujer, y dado que esta es además escritora, aún nos parece mejor. Hay quien piensa que el papel moneda está en vías de desaparición, y que será sustituido pronto por el plástico de las tarjetas o, un paso más allá, por los pagos a través del móvil. Hasta los propios billetes, por más que se sigan llamando papel-moneda, se fabrican cada vez más con sustancias que nada tienen que ver con el papel. Concretamente, el de Jane Austen está hecho a base de un polímero (o sea, lo que la gente de la calle llama plástico), y es la primera vez que el Banco de Inglaterra prescinde del algodón para fabricar uno de sus billetes. Una siempre hubiese dicho que la escritora era más de algodón que de plástico, pero desde que andan liados con el Brexit, los ingleses parecen haber perdido un poco el norte. 
Pero la controversia del plástico es de índole muy menor, comparada con algunas otras objeciones que ha levantado este nuevo billete. En él, como habrán podido observar, aparece un primer plano de la escritora, acompañado, en segundo término, por su figura de cuerpo entero en el acto de escribir y una vista de Godmersham Park, la mansión que poseían los parientes ricos de Jane. Hay además una cita procedente de una de sus obras más populares, Orgullo y prejuicio, que dice "I declare after all there is no enjoyment like reading!" (algo así como "¡Después de todo, he de reconocer que no hay mayor placer que el de la lectura!"). Bien, pues todos estos elementos han provocado controversia -según informa amablemente The New York Review of Books-, empezando por la dichosa frase, que pronuncia uno de los personajes más esnobs de esta novela, Caroline Bingley, mientras bosteza y deja de lado el libro, que solo ha tomado para intentar provocar el interés de Mr. Darcy. Es decir, una muestra de la sutil y justamente famosa ironía de Jane Austen. Ciertamente, es una frase que exalta la lectura -si se lee fuera de contexto-, pero si se conoce su procedencia, resulta que es todo lo contrario. Raro. La imagen de la escritora también ha sufrido una manipulación parecida: basada en el que se supone único retrato auténtico de la novelista, un dibujo de su hermana Cassandra, es una versión "embellecida" de la escritora que la rejuvenece y hermosea sus rasgos. Basta comparar el dibujo original con el del billete para darse cuenta de lo poco que tiene que ver uno con otro.  


Jane Austen, dibujada por su hermana Cassandra

Por último, por más que se intente asociar a la novelista con la mansión de Godmersham Park, ese nunca fue su hogar, sino el de su hermano Edward (que, como recordarán los que conozcan la biografía de Austen, fue adoptado por unos parientes ricos). Jane pasó alguna temporada allí, pero siempre de visita. Igual que la propia Jane, las moradas de sus heroínas suelen ser mucho más modestas y, cuando habitan una mansión -como la Fanny de Mansfield Park (se dice que para esa mansión Austen se basó en la casa de su hermano)-, lo hacen como parientes pobres, como intrusas o visitantes ocasionales. Signo de los tiempos, Godmersham Park es hoy propiedad de una asociación de ópticos. Muy poco inspirador, me temo.

Godmersham Park (foto Paul Anthony Moore)

Pero tal vez no debiéramos quejarnos tanto por las supuestas manipulaciones de nuestra Jane. Al otro lado del mismo billete está la reina de Inglaterra, cuyo retrato parece haber quedado congelado en el tiempo. Si a la propia Isabel II la pintan tan rozagante como si acabase de subir al trono, cuando lleva más de 65 años en él (superando a la longeva reina Victoria), ¿por qué debería ser menos una simple novelista?